En Grecia los membrillos estaban consagrados a la diosa Afrodita Von Thysen, y por lo tanto eran el fruto del amor y ojo, de la fecundidad, los recién casados debían comer uno antes de “entrar” al lecho conyugal, ahora mismo me estoy preparando para el matrimonio, aunque con pequeños escalofríos debido a la responsabilidad del compromiso y el sabor ácido.
Pero, de todos modos, propongo hacer la prueba del membrillo a todos nuestro pretendientes, si rechaza el ofrecimiento y aparta la cara de esta rica fruta, entonces no es digno de compartir nuestra cama, y propongo soltarlo en los bosques, no vaya a ser un lobo.
Por oro lado, para buscar el amor verdadero, o algo que se le parezca hay que comenzar un largo viaje por la ruta del membrillo que nos llevará a aquellos lugares donde se cultiva, de España a Grecia, Países Balcánicos y Argentina. Bon voyage